Lo único que tiene de “nuevo” THE ENDLESS RIVER, el nuevo disco de Pink Floyd, es que se publicó este año. El resto ya lo escuchamos. Ya lo vivimos. Es más, este último álbum nos remite mucho al sonido de THE DIVISION BELL (1994) que la banda nos había entregado ya hace un tiempo, pero sin volar tan alto.

No quiero ser ingenuo. No esperaba mucho pero, como amante de la mítica banda inglesa que revolucionó la escena del rock durante el siglo pasado, tengo que decir que cerrar una carrera con este compilado de sobras new age/space rock de lo que quedó de aquellas viejas sesiones de 1994 con Richard Wright, con la excusa de rendirle un homenaje me parece bastante triste y (hasta) caprichoso.

Hace unos meses, Polly Samson, la mujer de David Gilmour (guitarrista y líder de la banda desde que Roger Waters perdió una pulseada legal con la misma y se desvinculó allá por 1985 de la agrupación), anunciaba vía twitter la inminente publicación del decimoquinto álbum de estudio de Pink Floyd, y se titularía algo así como THE ENDLESS RIVER (el río sin fin). Pasaron los meses y tanto Gilmour como el batería Mason anunciaron que este sería un homenaje instrumental al fallecido Whright (quizás el más talentoso de los miembros del grupo y el que más perfil bajo tenía, fallecido de cáncer en el año 2008). También anunciaban que sería el último trabajo de la banda y que con el finalizarían su carrera.

Lo cierto es que, al margen de mis diferencias personales con el material, cabe destacar que el disco suena muy bien. No es Floyd en su máxima expresión. No te llega a emocionar. Nunca llega a agarrar el vuelo y el cuerpo de las canciones clásicas de la banda, pero tiene momentos y merece ser escuchado, aunque sea como una buena anécdota para los fanáticos.

The endless river nos propone un viaje compuesto en 4 partes, en donde la mayoría está construida a base de viejas grabaciones instrumentales nunca antes escuchadas, con la participación del fallecido Wright.

Los puntos máximos del disco llegan -luego de una olvidable cara 1- en la cara 2 con “Sum”, que se impone con la guitarra de Gilmour hasta el infinito; “Anisina”, con una intro que nos remite a “us and them” pero que luego se independiza con los punteos eléctricos y un delicioso saxo. Después están, en la cara 3, “Allions-y (1)”, interrumpida por un eclesiástico y hasta místico órgano en “Autumn 68″ y continuada por “Allions-y (2)”. Luego la única canción cantada del disco, “Louder than words”, en la que la voz de Gilmour es acompañada por coristas que entonan algo así como un recorrido por la carrera de la banda.

Es indiscutible la presencia del tecladista Richard Whright que, a lo largo de las canciones, se hace sentir. Los arreglos de Gilmour siguen estando ahí, latentes y bluseros, aunque poco gastados; y la batería de Mason termina de cerrar el combo de un disco que lo que mejor hace es generar ambientes y climas muy llevaderos.

En definitiva, el disco funciona mucho mejor como un bonus track de THE DIVISION BELL que como un nuevo disco independiente del resto. Pero si dejamos de ponernos tan críticos y nos relajamos, nos daremos cuenta de que nos sirve para volver también. Nos pone nostálgicos, por qué no, porque Floyd siempre será Floyd y nunca es mal momento para volver a aquellos discos en donde la banda nos llevó bien lejos, para darnos cuenta de que una vez que empezamos a navegar cuando los escuchamos por primera vez, algo en nuestro interior nos decía que el río nunca tendrá final.

Por Franco D. Cuozzo

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