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Conocer la historia musical de un artista como Renzo Cecenarro requiere un algo más que el solo hecho de trazar una línea cronológica que dé cuenta de sus estudios y las bandas que integró. Lejos de eso, la primera pregunta, ¿cómo empezó todo?, nos invita a trasladarnos en el tiempo, años atrás, en un lugar no muy lejos de nuestro Tucumán, ubicado en la provincia de Catamarca. Con expectativas por iniciar dicho viaje, mientras Renzo preparaba los prometidos mates, me muestra una fotografía de su celular, como quien conserva un tesoro que lleva a todas partes. “Mirá, este es mi Andalgalá”.

Los relatos de Renzo y de su vida en aquel lugar sumergido entre las montañas traen consigo recuerdos con retazos de añoranza. Ellos nos remiten al seno de una familia donde la música, en su gran parte de raíces folclóricas, se encontraba muy presente en el compartir. Fue así que un encuentro en familia o una guitarreada, fueron para Renzo los espacios donde los anhelos musicales brotaban, y muy bien acompañados de aquellas personas cercanas que luego se transformarían en maestros. De esta manera, nutrirse de música no solo implicó que la misma se encuentre naturalizada en los oídos, sino justamente, agudizar esa escucha para observar la sensibilidad y sutileza que existen detrás de ella. “Al bucear en eso, redescubro un montón de cosas que quizás en algún momento no le di valor. Fue mi tío Pipo el que volvió a hacer que nazca ese momento incipiente adentro mío, el querer descubrir la guitarra desde lo intuitivo y el desconocimiento. Siempre fue como la necesidad corpórea de tenerla entre las piernas y buscar cosas, buscar tonos, buscar rarezas (…)”, dice. La formación de Renzo en el canto y la guitarra jamás fue de manera sistematizada, más bien fue una búsqueda que no tiene que ver con el conocimiento del instrumento, sino con el encontrarse y conocerse a uno mismo a través de la música. “Fue un desarrollo de misterio, esperar a ver si nacía o no en mí la seducción de ese instrumento […] que el alma sienta augurios con la música cuando aparece el misterio, quiere decir que hay un futuro que es desconocido. La música tenía cosas que yo desconocía.” Con entusiasmo, curiosidad e impregnado de veneración por lo inédito, pero no por ello menos hermoso, fue como empezó a transitar esos horizontes inciertos, lo que le permitió, con 14 años, ser invitado a cantar por la banda musical “La NN”, en la que finalmente pasaría a conformarse como uno más de sus miembros.

La participación en “La NN” significaría incorporarse en una ética musical basada en el principio del ensayo; entregarse en una emoción, que no sólo suene bien sino que también tenga una integración de sus espíritus. Con las influencias del rock que rociaban su adolescencia, el paso al escenario fue una gran liberación que marcó los umbrales de una contracultura que promulgaría más adelante en sus canciones. “Esa situación de rebeldía que está muy impresa en el rock visceral significo mucho para mí; no quiere decir que las cosas tan directas están presentes en mis canciones, pero sí está presente ese espíritu de vociferar lo que nos falta, vociferar lo urgente, lo más necesario para nosotros como pueblo, y también como seres humanos en escala más universal, si se quiere.”

Con 15 años, Renzo emprendería viaje a la capital de Tucumán, para terminar sus estudios secundarios. Una ciudad que marcaba grandes diferencias culturales como también una forma de vida diferente, en la cual surgirían luego nuevos proyectos artísticos y musicales, y el comienzo de su vida universitaria. Fueron diez años los que pasó en la provincia de Tucumán, no obstante, el regreso constante de Renzo a su pueblo haría que el transitar esa ruta que une ambas ciudades pasando por las montañas se convierta en una de las cosas más significativas y maravillosas para él, y convertiría a Andalgalá en un lugar en el mundo donde quedarse. “Mi lugar de permanencia por ahora es Andalgalá, que es mi pueblo, su resistencia, su rebeldía, su forma de compartirse, sus problemas y sus diferencias que también están en todo pueblo. Con la situación que se da de la megaminería a cielo abierto hay una coparticipación que se da frente a un suceso histórico al cual hay que estar muy activo, y te sabés paríicipe de ese momento con el otro, con los otros. […] Es una situación de defensa que fraterniza mucho y que no es confrontar, sino resistir, movilizarse, cambiar, transformar. En este lugar de repente la música es como un bastión de resistencia y no es agresiva, no es confrontativa ni violenta, sino que habla sobre nosotros, de los que nos pasa, sobre lo que nos falta. [...] Creo que durante estos diez años fui consciente de eso y siempre supe que iba volver a Andalgalá, por eso también mi eterno regreso, y demostrarme a mí mismo que no estaba fuera de Andalgalá, sino que lo llevaba conmigo. Atahualpa decía: el hombre es tierra que anda”.

Los caminos de un artista no siempre están delimitados. Mucho menos sus sueños y sus motivaciones. La música puede trazarnos diferentes formas de ejercerla y vivirla, profesión para algunos, quizás para otros sólo una forma de sentir, expresar y compartir con el otro. Al hablar con Renzo del lugar que ocupa la música en su vida, indagar sobre sus dudas si las hubiera, es descubrir otros caminos y nuevas miradas que parten de cada nueva experiencia y  decisiones frente a la forma de hacer música. “No siempre he sido tan consciente del camino que quería seguir con la música, pero sí siempre lo he sentido con una presencia que hace a toda mi humanidad, entonces sé que no lo voy a abandonar.” afirma Renzo. La finalización de una banda planteaban para él un nuevo panorama en la que siempre surgía esa pregunta: “¿y ahora hacia donde? ¿Y cómo?” De la mano de otra pregunta aún más fuerte: “¿hacia quién? ¿a quiénes?”, ya que no se trata sólo de una entrega por parte del artista sino de un lugar donde la música nos retroalimenta, un ofrecimiento que es mutuo. Que sea la canción un lugar donde se puedan sentir cosas. “[…] Quizás sea otro camino que es el camino de la hermandad, de compartir esa sonoridad con las personas que quiero mucho, personas nuevas que creo que es uno de los valores más lindos que me ha dado a mí la música. Y quizás uno de los motivos por los cuales surge en mí tocar a veces en vivo. Conocer personas es recibir esa mirada ahí cuando estás sonando y permitirte a vos mismo conocer seres nuevos a partir de esa potencia. Mucho antes de decir tu nombre ya están viendo tu ser más interno; la música te convierte en un instante musical adonde afloran muchas cosas sensibles y materialmente muy potentes como la mirada y el silencio. Yo creo que los músicos más grandiosos saben ofrecer eso: vos los escuchás y te das cuenta que aflora todo un universo por detrás […] se zambullen en su bondad y en su luz, se bucean a sí mismos y empiezan a arrojar melodías y palabras desde ahí. Y no hay belleza más grande que esa...”  

“La canción que está terminada es una bendición porque sí. Porque no hay nada más hermoso que terminar de hacer un acorde con la última palabra, y al escuchar esa música decirte: che, no me falta nada. Todo esto lleva muchísimo tiempo de laburo.”

Componer, crear, elaborar desde la experiencia un mensaje, un elemento musical terminado, y que al decodificar aquel sintagma de melodías y palabras no sólo signifique, sino además que inspire, conmueva, movilice y transforme, es una gran tarea para los artistas. La composición no siempre es fácil y decidir sobre eso, es muchas veces complejo. Muchos lo viven como un momento de inspiración, pero no para todos es igual. Para Renzo Cecenarro el momento de la composición no deja de ser un misterio y un trabajo con él, porque cada pieza musical no deja de ser única y el origen de las mismas no tiene nombre, sino que surge de un espacio de reflexión. “Yo creo que es un momento de replanteos, de reflexiones, sobre donde está situado uno socialmente, emocionalmente y demás. Uno se da cuenta mucho de los músicos, compositores y cantantes que se dan ese espacio. Que se dan cuenta de que no, de que el artista no es ése que tiene la verdad. La verdad es lo más inasible que tenemos. Estamos en la búsqueda de encontrar verdades que nos den un poco de color y de cosas bonitas a nuestras vidas, por lo cual los grandes cantores, los grandes músicos, depositan en la canción esa reflexión o motivo previo. Hablo de Carlos Aguirre, de Fandermole, Juan Quintero, Luis Alberto…”

Un artista artesano que al construir su obra sabe muchas veces que lo importante no es sólo la técnica, sino que hay aspectos no explícitos dentro de la poesía y la melodía que se ponen en común de manera sutil, y justamente ahí se encuentra la magia. “[…] esa palabra está justo con esas tres notas y que cada vez que la escuchás te genera un instante maravilloso. La música es tan potente, es tan potente, es un lenguaje tan sanador, tan revelador y transformador! La música es esa cura, y son esas lagrimas que aparecen a veces cuando estás cantando que no las podés detener…”

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Uno de los últimos proyectos llevados a cabo por Renzo, fue la grabación de su disco “Migmatita”. Un nombre que Renzo le dio gracias a la admiración de una roca metamórfica, producto de investigaciones sobre minerales y volcanes. Llevar a cabo este trabajo como artista independiente le llevo poco más de dos años, con la ayuda y la voluntad de mucha gente. Fue costoso también consolidar su música en un formato físico, y más costoso aún que una situación de violencia haya producido que esos discos jamás lleguen destino tras ser robados mientras viajaban desde Buenos Aires hacia al norte del país. La noticia a Renzo lo encuentra allí, en su Andalgalá, y lo posiciona en una situación de muchas batallas. Batallas para buscar la fuerza necesaria de seguir hacia adelante, dejando de lado todo tipo de respuestas recriminadoras, que nacen de la bronca y no buscan la comprensión. “Fue un momento de verme a mí en un desafío que no me lleve a la perdición de mis valores de sentir, de amar y de luchar. […] pude visualizarlo gracias a la forma en la cual me han criado mis viejos, mi familia, mis hermanos, mis amigos, mi tío, tanto los de Andalgalá como los de acá en Tucumán. Me sentí feliz de haber buscado la comprensión, de darme cuenta que el formato físico de esas canciones era una cuestión simplemente económica, material; que se llevaron esos discos pero que no se han llevado el momento musical, el instante de esa grabación que ya está ahí eternizado. Lo vivo ahora como una forma de redescubrimiento, de mirarme mucho a mí y decir: ‘te pasó ésto. ¿Y ahora qué? No tenés por qué echarle la culpa a alguien’. Y todo el conflicto de injusticia que está detrás de lo sucedido es una gran problemática social que debería importarnos a todos, porque esa realidad violenta no debería existir”.

“La música está en otra parte, no está en el soporte. Está en una fuerza que por suerte no la podemos determinar fácilmente y no le encontramos fronteras, no le hallamos limites, y eso es lo que está en inter-relación con los demás, con la gente”.

Texto: Elena Nicolay
Fotografías:  facebook.com/renzocecenarro
Ilustracion: Augusto Días Meiners
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