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Texto: Franco Cuozzo / Fotos: Agustina Font.

 

I.

Me senté a escribir esta nota y decidí musicalizarla mientras lo hacía. ¿Qué suena? Jazz.

Recuerdo que cuando fui a mis primeras clases de teatro, allá por 2013 en el círculo de prensa, todo tenía esa música de fondo. Como buena persona tímida que se adentra a un mundo extraño, me intimidaban los “locos” que iban al taller, el pánico escénico, la improvisación.  Lo desconocido. Lo típico, también, supongo.

Poco a poco, me fui soltando, claro. Todos lo hacen, o mueren en el intento (abandonan). Por suerte, no hubieron muchos de esos casos en mi experiencia teatrera de aquel año, tenía un grupo consistente, que mes a mes fue largando sus ideas y consolidándose.

La cita era todos los lunes. Entrabas en ese heterogéneo lugar llamado “circulo de prensa”, compuesto por un bar y algunas salas de teatro con diferentes dueños. Una de ellas: la famosa Sala Luis Franco. Me gustaba que la sala tenga mi nombre. Quizás suene intrascendente, pero es un detalle. Y los detalles, en el teatro, importan mucho. Estás parado así, o estás parado de otra forma.  ¡Te están viendo! Acomodá mejor el cuerpo para que se note. Todo se tiene que notar, hasta la más mínima sutileza (que no se confunda, por favor, con la exageración; en algunos casos, contraproducente).

Así de puntilloso, recuerdo, era el trabajo. O como Raúl (ese señor canoso, histriónico, amante del pensar y hacer teatro) lo llamaba: el entrenamiento.

 

II.

El jazz tiene swing, improvisación y refleja de manera notoria la personalidad de sus ejecutantes. Una canción nunca será igual a la otra.

Todos los lunes, después de los ejercicios de calentamiento, y de otros un poco más técnicos, el inconfundible tono de la voz de Raúl invade la Sala: “¡Armen escenas!”. No hace falta más. Se activa algo que está en el aire, esa necesidad de cada uno de los asistentes del taller para crear y, por qué no, divertirse mientras se trabaja. Entre escena y escena, mientras se arman las puestas, sonará un fragmento de alguna canción atravesada por un piano delirante, un saxo tenor del que se desprenden notas libres o una mujer cantando con su voz al viento.

Hacíamos Jazz.

 

III.

Llega en taxi. Baja con unas bolsas, con la sencillez de un tipo de barrio. Nos saludamos. Me pregunta cómo me va. Le digo que bien, le cuento un poco de colirio, se interesa. Le digo que es un medio en el que laburamos muchos, a pulmón, pero que algún día nos gustaría cobrar por nuestro trabajo. El comentario sobre la situación política actual se torna inevitable cuando hacemos referencia a la economía, que la situación está jodida, que cuesta mantener el mes a mes.  En sus primeras palabras encuentro sobriedad, algo así como el agobio de la vida cotidiana, las obligaciones, el día a día. Eso de lo que el arte se escapa, continuamente.  Eso que buscamos todos cuando vemos (o hacemos) teatro: escaparnos.

 

IV.

El grabador está corriendo, estamos sentados frente al escenario.  En ese instante decido que no voy a mirar la lista de preguntas que tenía armadas, que voy a usar la improvisación. No soy actor, no es lo mío, al teatro ya lo dejé allí, en el 2013. Sin embargo, me apasiona la entrevista. Es acá donde decido aplicar las enseñanzas que mi entrevistado me supo dar en aquel entonces.

Apelo a esa primera pregunta que no puede faltar, la que todos queremos saber de un referente.

¿Qué es el teatro para vos?

RR: Son muchas cosas.

El teatro es trabajo, pasión, deseo, ganas.

Son momentos de mucha alegría y goce cuando se producen las cosas bien; o de mucha frustración y bronca cuando las cosas salen mal. Además, habría que aclarar que el teatro es una actividad que no haces en solitario, todo lo contrario. Por lo tanto, esos devenires que en otras actividades son más bien particulares en el teatro se dan en un ámbito colectivo…. Y uno es atravesado por energías que a veces no necesariamente son las de uno, sino que son energías que se van produciendo en ese “entre”, en esa construcción grupal.

¿Vos crees mucho en la construcción grupal?

RR: En general creo, y me parece que en estos años que se vienen se va a tener que apostar más a lo grupal y a lo colectivo, y el teatro genera una gran enseñanza en relación a eso.

O sea, en sí mismo, en su propia constitución grupal y colectiva es una afrenta a la construcción de lo real en cuanto a lo dado, de lo real en cuanto a un sistema que te dice “bueno, en estos tiempos que corren tenés que salvarte solo”. Ese culto de la individualidad, del “sálvese quien pueda” va a quedar muy cuestionado si esto sucede; ojalá haya un resurgimiento de los relatos colectivos y grupales de los cuales el teatro se ha nutrido durante muchos años.

 

V.

Sabía quién era. Un plomero, un empresario, un verdulero, un charlatán de esos que te venden lo que sea. Sabía dónde estaba. En una plaza, en la calle, en el planeta Marte. Cuando subía al escenario, había un pacto con mis compañeros, ellos tenían la misma información que yo de ellos. Es decir, vos sos el empleado y yo el jefe, estamos en la oficina. Lo básico, lo esencial. Nada más.

El resto: devenir, improvisación, vida.

Las luces de la sala se encendían alumbrando el escenario, lunes a lunes, y yo me transportaba a mundos en los que me podía transformar en cualquier cosa.

A veces, pienso, ese ambiente coqueteaba con la locura, pero allí todo era normal.

RR: “El teatro tiene mucho de la vida y a su vez la niega y la combate, porque es una realidad distinta. La intensidad con la que vos actuás es única, por eso la gente se desespera por actuar. Pasan las horas, los días, los meses y la gente se vuelve loca por subirse a un escenario al menos diez minutos, o por ensayar o producir, porque se da cuenta de que tiene intensidades que no son las que habitualmente manejamos. Una vida en la que te tenés que abocar a un montón de tareas que por ahí uno, si se lo pregunta, no las haría. Lo que aparentemente es natural o cotidiano se transforma en algo artístico, en un artificio. Como cualquier otra actividad artística requiere conocimiento, técnica, estudio y trabajo. Es un arte muy complejo. Es una reproducción de otra vida, una vida mucho más intensa que la que vivimos. Es una realidad que no deja de ser algo contenida o acordada, una especie de convención que necesitamos que exista para que podamos estar juntos”

 

 

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Reyes, en el medio de la locura.

 

“A mí me gusta ver al actor actuar, no me gusta ver al actor sometido, donde lo importante es la grandilocuencia del director”

 

VI.

¿En qué momento dijiste “me quiero dedicar al teatro”? ¿Tenés alguna anécdota o momento? ¿Se dio naturalmente?

RR: De joven me apasionaba el cine, trabajaba con un amigo en un taller de luthería, tenía alrededor de 15 años. A partir de esas charlas me tiraba información sobre Fellini, por ejemplo.  Acá, en el Círculo de la Prensa, atrás, en la sala teatral, había uno de los únicos espacios de cine arte en la provincia que se llamaba “La Cineteca”, donde podías ver películas alemanas, rusas, polacas, etc. Ese cine para mí era muy interesante. También accedía a la ficción a través de los comics o de las historietas. El teatro aparece como un elemento imprevisto en mí. Eso si: me conmovió mucho más haciéndolo que viéndolo. Es decir, actuando, improvisando, trabajando en encuentros con amigos en cursos o clases. Empecé en un grupo coordinado por Rolo Andrada, él fue mi primer referente, al principio de los ‘80.

También el teatro fue una especie de bálsamo de la dictadura, como un salirse de eso. El hecho de no poder llevar adelante esas tareas grupales nos hizo estar ahí… resistiendo.

¿Resistir simplemente haciendo teatro, o a partir de mensajes concretos en referencia a lo que ocurría?

RR: Nunca creí en el teatro como mensaje. El teatro es teatro, pero en sí mismo el teatro es político. Si el mensaje sale, es a pesar de uno… y esos son, a veces, los mejores trabajos.

Siempre milité políticamente, por eso nunca sentí la necesidad de usar el teatro para eso. Esto no quiere decir que piense que el teatro no pueda opinar sobre temas profundos, al contrario. El teatro tiene que ver con construir signos, con la belleza, lo teatral…

¿Existen distintos tipos de teatro? ¿Cuáles reconoces?

RR: Hay un teatro y hay teatros. Esto no quiere decir que no haya reglas. Hace falta pensarlo, estudiarlo, ensayarlo. Es una heterogeneidad brillante. Es  un acto creativo. Hay muchas cosas que me gustan ver del teatro, pero no necesariamente lo haría.

¿Qué te gusta ver?

RR: Trabajé mucho con el realismo, con el texto teatral. Pero en estos últimos 15 o 20 años, hubo otro tipo de búsqueda, menos ligada a la historia, al relato, y más ligada a la actuación, a lo simbólico, a lo cotidiano. Me gusta esa diversidad. A veces me gusta estar en una cosa y saltar a la otra. Como hicimos con La Cebolla. O el trabajo poético con Puntos de Vista. Por otro lado, con “El Patio” surgieron situaciones de naturalismo poético, en donde casi no pasa nada. Pero actuar esa obra fue un suceso en sí mismo.

A mí me gusta ver al actor actuar, no me gusta ver al actor sometido, dominado por un sistema de luces, donde lo importante es la grandilocuencia del director. Me gusta ver al actor como el hecho mismo. No me gusta verlo escondido, el sistema se debe construir a partir del actor.

¿Qué opinas del teatro en Tucumán?  ¿Algo de lo que se está produciendo actualmente que quieras mencionar?

RR: Últimamente estoy muy encerrado acá. Veo algunas cosas, de algunas personas que pasaron por acá, que ahora dirigen o actúan. Creo que hay una explosión de producción teatral, con una diversidad enorme de estéticas, de miradas teatrales, de formas de concebir lo teatral. Con una preminencia juvenil, que es importantísima. Me gustan mucho los trabajos de César Romero, los de Bernacci. Algunas propuestas de Carlos Correa, también.

Con La Cebolla tuvieron la posibilidad de viajar y visitar varias provincias, entre ellas, Buenos Aires. ¿Fue difícil sacar a pasear la obra, teniendo en cuenta que es muy tucumana? ¿Cómo los recibieron allá en Buenos Aires, lugar en el que, pienso, están muy alejados de muchas de las costumbres que tenemos acá?

RR: La Cebolla fue el primer trabajo que yo dirigí con gente que se formó acá y que eran actores o actrices. Fue muy difícil llevarla a otras provincias. El tema era muy cotidiano, muy ligado a Tucumán, era muy reconocible por nosotros, con gente que hace de la subsistencia una forma de estar, donde las reglas morales o de convivencia pacífica se veían cuestionadas, en esos personajes que rozan lo marginal y cómo desde ahí se construye una forma de estar en la vida. Cómo a veces en la crudeza o la rudeza de eso, el humor nos llamaba la atención. Ese humor popular, tucumano, esos chistes, sin entrar en el folclorismo, pero sin rechazar lo obvio para no ponernos muy intelectuales.

La Cebolla era eso, el manejo de lo simple y cómo complejizarlo con la opinión, con el absurdo. Eso me gusta del hecho del arte… el arte como constructor de un campo imaginario de lo que puede llegar a venir. Fue un trabajo muy querido por nosotros. Sacar la obra de este lugar, con un espacio que te dan un día antes, que te condiciona con lo que vos construiste en él, eso nos ayudó a no subestimar ese elemento. Uno se sentía alejado de la propuesta. Por eso hay que pensar cómo sacar esos laburos afuera.

 

 

“La cebolla” (Gentileza CLAP!)

“La cebolla” (Gentileza CLAP!)

 

En Buenos Aires hay de todo, y mucho más…

RR: Nosotros tenemos que escaparle a eso, a esa idea colonialista en relación a la construcción de un campo de pensamiento cultural. Buenos Aires opera como un elemento muy fuerte en nuestras vidas, de forma referencial. Hay cosas que son muy propias de nuestro lugar, La Cebolla es muy de acá, como te dije. Lo curioso de Buenos Aires es que, a pesar de todo esto, fue mucha gente de allá a verla (y muchos tucumanos que estudian allá, también).

 

VII.

Durante mis lunes de aquel 2013, nada era inocente. De repente, todo importaba, hasta lo más mínimo comunicaba. Recuerdo que mientras hacía el taller de Reyes, me iba descubriendo. Caminaba distinto, probaba registros de voz, hablaba solo. Algunos me decían loco, no me importaba. Me cuestionaba.

Con el tiempo, también,  aprendí que ese era un verdadero acto político. Conocerse, hasta el más profundo rincón de nuestro ser, para llegar a saber qué es eso que nos moviliza, que nos desparrama de la emoción. Para ponerlo en juego, para actuar.

 

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¿Crees que el Estado debería estimular producciones?

RR: El Estado debe estimular y apoyar económicamente a los teatristas, a los espacios, a los productores. Y nada más. No debería meterse en nada más. Creo que el Estado es una forma o una modalidad de coerción de un grupo de personas sobre otra. El Estado no es solamente la policía, el gobierno, las instituciones. Está metido también en la forma de pensar. En sí mismo, uno debería plantearse la desaparición de ese mismo Estado.

En relación al teatro, ¿el Estado debe apoyar la actividad teatral independiente?

RR: Al Estado hay que exigirle que cumpla con lo que nos corresponde. En el terreno del teatro, la ley de teatro es una conquista. Incluso esa conquista fue producto de grandes luchas y grandes acciones. No hay que ser ingenuos y creer que todo eso vino de arriba. En realidad, fue producto de grandes luchas. Por eso debemos recuperar una memoria de acción colectiva, una memoria de lucha, tenemos que recuperar las gestas populares que provocaron los grandes cambios. Hubo también una cultura de la espera, “ya va a venir”, “ya llegará”.

Hay que volver a las asambleas, a las discusiones. Nunca se debería haber perdido, ese fue el error, creer que la manera era esperar.

¿Qué proyectos hay para este año?

RR: Descansar un poco, porque el año pasado tuvimos dos estrenos, tuvimos que reponer la cebolla, tuvimos que refaccionar el espacio. Este año, sin dejar de producir, tendremos un espacio de cine club, haremos también un espacio de música.

 

VIII.

Me despido de Reyes, estrechamos manos. “Tratá de no poner todo lo que te dije ¿no?”, me advierte riéndose. Le agradezco y  me voy pedaleando con una sonrisa en la cara. “No sé qué va a salir de la nota, eso lo veré en su momento, cuando la escriba”, pienso.

Subo el volumen de una playlist aleatoria que tengo en el celular, presto atención a la siguiente canción.

Adivinen de qué género era.

 

 

 

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