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El 21 y 22 de marzo se llevo a cabo la segunda edición del Lollapaloza Argentina, en el Hipódromo de San Isidro. Buscando reafirmar la marca, que de por si sola tiene peso internacional, los organizadores convocaron a bandas que pululan por los festivales mas importantes de todo el mundo. Si bien los headliners de estas fechas no estuvieron a la altura de los del año pasado, encabezado por los Red Hot Chili Peppers y Arcade Fire, Pharrel y Jack White son músicos con cierta trayectoria que les permite ocupar esa posición de privilegio.

Es lógico que cuando se repite cierto evento, existan ciertas tuercas que se ajustan para que el sistema funcione mejor. En este caso, las únicas tuercas que se ajustaron fueron en la matriz comercial: preventas con mayor anticipación, más espacio para publicidad, stands montados en los shoppings más grandes de Buenos Aires y una tonelada de productoras marquetineros que no suman al espectáculo. Desde lo estrictamente musical, hay varios puntos criticables, como la impuntualidad en el inicio de la mayoría de los shows y la dilatada presentación de los horarios, tres semanas más tarde que en Chile.

Algo para destacar del Line Up es la cantidad de bandas pertenecientes a géneros diferentes y que se juntan en un mismo día, para ofrecer un pantallazo amplio de la situación musical a nivel global, algo muy distinto a los sucedido en el 2014, donde predominaba el indie. Al igual que el año pasado, la experiencia en el festival va a ser contada a través del recorrido hecho por mi durante los dos días, un recorrido de los múltiples posibles.

 

 

Día 1

 

El día comenzó bien temprano, a las 12:30, en el show de Miss Bolivia, bajo un sol que derretía. La rapera porteña se presento ante una concurrida audiencia, teniendo en cuenta el horario, para hacer un set que busco poner a todo el mundo a bailar. Una vez terminado el set de Miss Bolivia, comenzó a sonar  la orquesta de tango Fernández Fierro, en el escenario principal. Llamativa presencia dentro de un festival donde predomina la electrónica y el rock. Finalizado, era el momento de otro giro total desde lo sonoro: Three Days Grace. Una banda de metal canandiense con un sonido amable para aquellos que no son asiduos del heavy, pero con la potencia suficiente para mantener cerca de los amantes del género.

Después, fue el turno de Ed Motta en el escenario principal. Un pianista brasilero que realizo un set muy particular de canciones con ritmos de jazz, enlazados con bossa y que de por momentos ponía tintes de funk. Este fue uno de los primeros puntos altos desde lo musical en la jornada. El espectáculo fue chato desde lo visual y no contaba con ningún tipo de artilugio para llamar la atención más que su música, y con ella le sobro.

Cada tanto el planeta del que bajó Bjork manda un nuevo músico para que nos patee la cabeza con sus extraños sonidos. De ahí vino, St. Vincent, la joven norteamericana que se postulaba como una de las grandes promesas del festival, tras cosechar solo elegios de la crítica especializada con su último disco. El show que ofreció incluyó canciones que de por momento eran un tecno pop coreografiado, que de pronto se tornaba rockero, con guitarras distorsionadas y totalmente rotas.

St. Vincent dejaba un escenario caliente y difícil de ocupar. Interpol no tuvo problemas en tomar la posta y probar que esos zapatos no le quedaban grandes. Con melodías post punk, que sirvieron para sembrar paranoia en algunos cuerpos ya llenos de narcóticos, los ingleses brindaron un repertorio de una hora, repasando toda su discografía. Los neoyorquinos brindaron un set oscuro, tocado sin que se escape ninguna sonrisa, que dejo totalmente satisfechos a los seguidores de la banda.

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Caía la noche cuando llegó uno de los momentos más esperados del festival. Un poco después del horario en el que debían, The Kooks salió a escena. Con una batería de canciones con hermosas melodías tranquilas, demostraron que ya están listos para hacerse cargo del lugar que Oasis dejo vacante. Un publico mayoritariamente femenino cayo rendido a los pies de Luke Pritchard cuando interpreto los hits “Junk of the heart”, “She moves in her own way” o el cierre con “Naive”.

El primer plato fuerte estuvo a cargo de Foster the People, un grupo de jóvenes que tras presentar su segundo disco, probaron que ya no son sólo unos universitarios que hacen música. Cómodos frente a las multitudes, los integrantes de la banda se mostraron como verdaderos  profesionales arengando a un público ya excitado.  Ver en vivo una canción tras otra pone sobre la mesa la cantidad de hits radiales que posee la banda, a pesar de contar con tan solo dos discos editados.

Después de la juventud de Foster the People, llego el tuno de Robert Plant y sus Sensational Space Shifters. Con más de cuarenta años de carrera encima, el cantante de Led Zeppelín mostró en su show que no es una caricatura de sí mismo. Con un repertorio basado mayormente en sus producciones recientes, hizo un recorrido por melodías de rock clásico y un poco de blues. Como era de esperarse, sobre el final soltó tres canciones de su legendaria banda de los 60.

En un escenario ambientado para generar una sensación de blanco y negro, apareció Jack White, para brindar una demoledora presentación. Enganchado una canción tras otra, recorrió su último disco, e incluyó algunas canciones de sus otros proyectos. Asumiendo el personaje de rockero mala onda, que no incomodo al público, White mantuvo a las masas disfrutando de un sonido arrollador. Sobre el final de su presentación, invito a Robert Plant para hacer el dueto soñado por todos. El cierre, obviamente, estuvo a cargo de “Seven Nations Army”.

Una vez terminado el espectáculo de White, llegó el turno de Calvin Harris. Este hizo un show que se destacó más por la grandilocuencia de los efectos visuales utilizados para mantener la atención del público que por su actuación como pincha discos.

 

Día 2

 

Con una grilla menos prometedora que la jornada anterior, decidí comenzar más tarde mi recorrido. La primera en la lista fue Bom Pam, una banda de Tel Aviv que hacia una fusión del rock con música étnica. Después, fue el turno de Fitz and tantrums, banda de Los Ángeles dueña de un sonido ochentoso bailable y mucho carisma arriba del escenario. Una vez finalizado su set, fue el turno de Rudimental, uno de los mayores fiascos de la tarde. Cuatro personas arriba de un escenario, de las cuales tres no hacían nada y el otro oficiaba de DJ. Ante este panorama, me dirigí al Perry Stage, donde los argentinos de Poncho ofrecían un show a la altura.

La primera propuesta llamativa vino de la mano de los sudafricanos de Kongos. Cuatro hermanos que tocan rock alternativo con ciertos ajustes ‘Beatle’. Líneas de bajo con mucha presencia y una instrumentación no tradicional permitieron que los jóvenes africanos se ganaran al público.

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Alt-j trajo sus baladas electrónicas al escenario principal cerca de las cinco de la tarde. Un sonido totalmente electrónico que formaba canciones tranquilas con una instrumentación compuesta por sonidos que parecían abstractos. Acto seguido, llegó Bastille, una banda de características similares, pero con un sonido más fiestero, que prendió en los adolescentes. A pesar del gran show que montaron,  el público parecía más preocupado en tomarse una selfie con el escenario de fondo que en escuchar la música.

Finalmente, llego el momento de uno de los mejores shows de la jornada: Kasabian. Los ingleses, muy ingleses es su formas y música, presentaron una batería de canciones que repaso toda su carrera. El doble comando entre Meighan y Pizzorno mantuvo a la gente saltando durante la hora y media de show. A través de su música, se puede escuchar las referencias directas al britpop de los ‘90. Sobre el final del set pidieron disculpas al público por su larga ausencia en nuestro país, y prometieron volver pronto.

A las ocho y media, llegó el turno de escuchar a los Smashing Pumpkins,  una banda que ya es una institución dentro de este festival, y que acompaño a Joe Perry en los inicios del Lollpalooza en E.E.U.U. Liderados por Billy Corgan, ofrecieron un show oscuro, cargado de grunge y melodías depresivas, lo que todos queríamos escuchar. Con un par de solos de guitarra y una banda que sonó perfecto, el público argentino vivió el último gran show de esta edición.

El cierre de la jornada 2 quedó en manos de Pharrel Williams, algo que se explica más por el hecho de que la marca de indumentaria deportiva que lo viste es uno de los mainsponsors del festival que por su trayectoria. Al estadounidense le encomendaron un espacio de hora y media, que evidentemente le sobro por todos lados, al punto de que se fue diez minutos antes, después de haber hecho tiempo con las clásicas movidas de cuarteto como: “quiere ver quien grita mas fuerte ¿Izquierda o derecha? ¿Adelante, en el medio o el fondo? Y también toco dos veces “Get Lucky”. Refiriéndonos estrictamente  a lo musical, podemos decir que vino acompañado con una buena banda, a pesar de su repertorio corto. Lo más interesante del show fue la invitación a sus compañeros de N.E.R.D.  para realizar dos canciones.

Una vez finalizado esto, llego el turno de Skrillex, un show que fue disfrutado por los amantes del dubstep, mientras que aquellos que no son del palo arrancaban su lenta peregrinación a casa, después de dos buenas jornadas de música.

Texto y Fotografia: Luciano Billone

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