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He leído “Gracias” de Pablo Katchadjian muchas veces. La primera vez, lo recuerdo claramente, fue en el quincho de la casa de mis padres, el cuatro de enero en el primer día fresco después de varias semanas de calor insoportable. Después del primer capítulo no me levanté. No comí, no descansé ni un segundo. Terminé a media tarde, en un estado que me persiguió durante las relecturas. Y es que “Gracias” es una “novela”, pues es la narración de una sucesión de acontecimientos, pero es una muy extraña. Y es que Katchadjian la lleva a límites delirantes.
La novela es aparentemente sencilla. Un señor llamado Aníbal compra un esclavo en el puerto, lo lleva a su castillo y después de que este esclavo se acomoda en una habitación, es puesto a trabajar en diversas cuestiones que Aníbal manda. A partir de este momento la novela es dominada por el más puro devenir. Los acontecimientos suceden, los personajes reaccionan en consecuencia. La historia va cambiando. Nuestro esclavo se hace de amigos. Aparece un personaje particular que tiene una severa influencia en el desarrollo de los acontecimientos. Todo en el marco de una “normalidad” que instala el contrato de lectura, que no es normal de ninguna manera. No quiero arruinar el argumento contándolo. Hay que leer el libro.
Lo importante, me parece, para hablar de “Gracias” es poner en evidencia las maravillas que Pablo Katchadjian puede hacer con el lenguaje. La manera en que se suceden las acciones que transcurren en el libro es tan vertiginosa como la asombrosa introducción a cada capítulo, que sorprende por el habilidoso uso de la aliteración. Los diálogos de los personajes son graciosísimos, pero de una hondura filosófica que asusta. Y eso mismo se siente a lo largo de toda la novela. Uno se ríe y dice “está buenísimo”, pero a la vez es esa risa incómoda de un diálogo que necesariamente está abierto, pues su cerramiento implica una devastación que ningún sujeto aceptaría. La hilaridad aparece para rescatarnos del llanto desesperado a cada momento de la novela de Katchadjian.
Gracias, transcurre entonces, como una aventura, una intriga, una angustia –o muchas angustias, mejor- una pregunta sobre la democracia, una pregunta sobre la monarquía, muchos castillos, muchas formas de matar, las formas más horribles de morir, grises muchos grises y ganas indomables de que se prolongue, de que aparezca una segunda parte, de que se transforme en una serie que tenga muchos volúmenes y que lo épica que es Gracias nunca se termine.

Pablo Katchadjian nació en Buenos Aires en 1977. Publicó La libertad total (2013), La cadena del desánimo (2012), Mucho trabajo(2011), Gracias (2011), Qué hacer (2010), El Aleph engordado (2009), El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (2007) y tres libros de poesía: el cam del alch (2005), dp canta el alma (2004) y, en colaboración con Marcelo Galindo y Santiago Pintabonalos albañiles (2005).

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