En llamas: las cosas que perdimos en el fuego (Mariana Enríquez, Anagrama, 2016)

 

Enriquez 2

 

 

12 cuentosesperan al lector en esta pequeña antología de Enríquez. No voy a escribir sobre el problema del género del cuento, de qué se trata escribir un cuento, o si Enríquez es o no, una autora que adscribe a los formalismos. En su lugar se me ocurre hablar de Enríquez en la escena literaria argentina contemporánea, donde está codo a codo con la mítica María Moreno, la enormidad de Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara, Marina Mariasch, Gabriela Bejerman, Fernanda Laguna y Cecilia Pavón. Todas feministas, con estéticas muy diferentes –quizás algunas más cercanas y más lejanas entre sí- pero en fin, estéticas que dentro de la poesía, la narrativa y la crónica, se tocan en cuanto a las temáticas. Y eso es lo interesante. La forma sigue en discusión pero lo que está puesto en juego acá –en todas las autoras nombradas- es la cuestión del contenido. A lo largo de todo el libro de cuentos de Enríquez se abordan temáticas que tienen que ver con dos cosas –principalmente- los roles de las mujeres y la lucha de clases. Durante el viaje de ida que es el las cosas que perdimos en el fuego el lector aborda un tren hacia una ciudad de  Buenos Aires signada por el horroroso legado que nos dejó el menemismo, apoyado por las dictaduras que le precedieron, la pobreza en las calles argentinas y el miedo al Otro. El tren, el colectivo, los autos –que terminan siendo también, protagonistas- nos abandonan en los campos porteños, donde se cuentan historias que tienen que ver con la memoria. La totalidad de los textos pone en tensión el rol que las mujeres de los cuentos, juegan. Las mujeres siempre son protagonistas, el ambiente siempre es un ambiente sucio, oscuro, perentorio, que por momentos recuerda a Carver, que por momentos recuerda a Laiseca y por momentos deja al lector atónito, esperando el próximo giro, la próxima vuelta de tuerca que pondrá todo mucho peor. La voz de Enríquez, en su escritura, trae a colación relatos de acoso. El lector nunca deja de estar seguido y puede sentirse –quizá, muy superficialmente- el terror que siente una mujer que camina sola por la noche. El miedo que se siente al vivir con miedo. La fobia a un mundo que intenta destruir a las compañeras, por ser eso, compañeras. Un mundo que intenta destruirlas por ser mujeres. Las cosas que perdimos en el fuego es lo que el arte muchas veces quiere ser: una representación de la realidad, signada por la crudeza, el hachazo que significa vivir en estos tiempos violentos. Y a la vez, la parsimonia de los peatones que ven como un colectivo atraviesa la calle prendido fuego, de los vecinos que escuchan a un marido golpeador y no atinan a nada más que hacer una tibia llamada anónima a la policía. Mariana Enríquez ha traído a nosotros una de las mejores piezas de narrativa contemporánea pos 2000’s. Pasa ante nosotros como una especie de aplanadora de realidad, que al final nos deja vivos, buscando la mejor palabra para decir que Enríquez nos ha quemado. Julián Miana

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