Desde hace una década, las cadenas colombianas y mexicanas de televisión vienen produciendo un nuevo tipo de relato popular llamado “narconovela”: una telenovela que reemplaza a las heroínas lacrimógenas que ascienden del barro a la fortuna por narcos sanguinarios que hacen el mismo recorrido. Pablo Escobar, el patrón del mal fue el más exitoso representante de este rubro en Colombia. Y en Canal 9 es lejos el programa más visto con un rating diario de cerca de 8 puntos (el promedio del canal es 4,5).

El patrón del mal está realizada con más esmero, más plata, acaso con más talento que otras novelas, pero aquello que cautiva a sus espectadores no es esta contingencia, sino el formato: la glamorización de la vida del narco, el retrato aspiracional de quien sale de abajo y no permite que la ley sea un obstáculo para lograr todo lo que desea. Escobar es un asesino ideal para ser romantizado, ya que tiene más claroscuros que otros. Es cierto: torturó, secuestró y bombardeó, pero también separó un vuelto de sus 15 mil millones de dólares para construir casas y canchitas de fútbol para los pobres.

El final de su vida (fue acribillado a los 44 años) es una nota al pie que sirve (igual que la cita sobre aprender de la historia que abre cada episodio) para que la tira se ponga la máscara edificante de un cuento moral en el que quien la hace la paga. En verdad es exactamente lo opuesto: su ética es “todos podemos hacerlo”, cualquiera de nosotros puede ser el próximo Pablo Escobar, ¿por qué no intentarlo? Pero sólo un cínico puede escandalizarse por la idealización calculada de un criminal para tener un éxito de TV cuando vivimos en la región del mundo con la mayor percepción de corrupción en el Estado. Más allá de lo que piense cada ciudadano, de modo colectivo no nos interesa demasiado el imperio de la ley. Si E l patrón del mal funciona es porque sintoniza con cómo somos.

Por Hernán Ferreirós de www.Rollingstone.com.ar

 

Fuente: http://www.rollingstone.com.ar/1662879-escobar-superstar

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