100.781.521 píxeles o la búsqueda de la sensibilidad

Casi un año ha pasado del 45°Salón de Tucumán de artes visuales 2017, que tuviera como una de las ganadoras a Obra Roja de Gabriel Varsanyi, tucumano, artista, fotógrafo y docente. Es un año después que quien escribe encuentra junto al catálogo del salón algunas ideas bocetadas sobre la obra en cuestión. Lo primero que llama mi atención es la pequeña sinopsis que el catálogo reproduce bajo el cubo rojo:


Obra Roja de Gabriel Varsanyi.
Casi un año ha pasado del 45°Salón de Tucumán de artes visuales 2017, que tuviera como una de las ganadoras a Obra Roja de Gabriel Varsanyi, tucumano, artista, fotógrafo y docente. Es un año después que quien escribe encuentra junto al catálogo del salón algunas ideas bocetadas sobre la obra en cuestión. Lo primero que llama mi atención es la pequeña sinopsis que el catálogo reproduce bajo el cubo rojo:
Obra Roja es una imagen constituida por 100.781.521 píxeles agrupados que juega con y contra el dispositivo que la produce, planteando a la vez un interrogante: ¿Puede una obra de estas características hacer visible el gesto humano? Yo creo firmemente que si – Finaliza el autor.
En este caso la pregunta por el gesto es cabal, porque no solo cuestiona la relación técnica entre la cámara y el fotógrafo, no solo habla de la resultante entre una programación digital versus la intención humana que proyecta la captura. El fotógrafo debe hacer que el dispositivo capte lo que él ve y este a su vez cumplirá en la medida de sus capacidades programáticas, aunando el esfuerzo de ambos en la captación de la relación entre las cosas hacia nuevos estados de cosas.

“Obra roja” se manifiesta quizá cual símil Malevichiano, el mensaje descargado, forma pura, abstracción única y singular… nada tal vez. La vuelta de rosca circunda la simiente suprematista junto a la abstracción de las formas, que devuelve al iletrado o adicto a una interpretación que por su simpleza pueda despertar sensibilidades hoy en el año 2018. No es que en los años veinte no las haya despertado, pero el surgimiento de tal impronta justifica el contexto junto a un paradigma mimético de representación ya agotado.
La literalidad está en un mundo convulsionado que no tiene tiempo de interpretarse a sí mismo, lo cierto es que el mundo de principios del siglo XX no estaba para representaciones literales de la realidad, los bellos landscapes eran, una proyección tan ideal como apócrifa del presente. Tampoco era suficiente la imagen explicativa y resuelta reproduciendo el presente desde coloridas aristas que devuelven al espectador un sentido estético sin más profundidades que cuestiones de montaje y la irresuelta idea de lo bello. Manifiestos más manifiestos menos el concepto de lo bello siempre permaneció como una frontera abierta.
El arte devuelve al mundo la proyección de los fenómenos que él mismo propone desde su vibración, donde la vorágine social revela un hiato que el arte como germen conciente y creativo debe aprehender para poder representar. En este ida y vuelta entre presente y pasado no hay lugar para determinismos, qué es fotografía y qué no, es a lo sumo un divertimento o ejercicio retórico preparatorio. La clave de dicho desdoblamiento temporal radica en el gesto de escape a cualquier determinismo que desde la formalidad pretenda detener el tiempo.
Lo necesario es urgente.
Y aunque una fotografía es un producto bidimensional con determinadas características estético formales que satisfacen de forma incauta la idea de lo lindo, adscribir la fotografía de hoy tan solo a esos atributos es realmente perderse la foto. La intencionalidad, el motivo, la interpelación, la incomodidad, de alguna manera han bastardeado su procedencia al haber difuminado sus fronteras, sirviendo como detonante inicial e indicial de la labor artística. De esta forma no solo ha escapado del marco inmaculado y solemne o de la copia pulcra que aguarda en la muestra del jueves próximo, sino que ha sido el peldaño inicial de lo performático, ha sido el reflejo rebelde de la demanda social y política, tantas veces el testigo fiel y apócrifo de lo que podría ser verdad o mentira. Ella ha escapado al espacio-tiempo, ha escindido las dimensiones casi violando cualquier normativa de lo posible.

Podríamos decir lo mismo de Obra Roja, propone el gesto, juega con la simiente vanguardista, nos interpela y aquí el gesto vanguardista se difumina, porque la obra ha cumplido su ciclo y la sensibilidad por la que en primera instancia abogaba es ahora una sensación impresa en la memoria retiniana, es recuerdo, es abstracción, es pensamiento... ya es teoría. Simplificar las formas cuando el movimiento en las capas de la realidad es impredecible y confuso. Ya sea Malevich con Red Square a principios del Siglo XX o Varsanyi con Obra Roja cien años después, el gesto vanguardista si no es claro, al menos incomoda, se proyecta desoyendo lo objetivo, lo acordado, lo formal y apuesta de lleno a lo sensible, a lo subjetivo.

por Nicolás Martínez Ribó