El secreto de las “Crónicas de acá”: un asado con Tucumán Zeta

Los cronistas más renombrados de Tucumán nos invitaron a compartir con ellos, sentarnos en su mesa, y adentrarnos en su mundo, el mundo de las “Crónicas de acá”, para entender cómo se enciende la máquina más aceitada del periodismo tucumano.

Esta historia empezó a escribirse tiempo atrás. Un sábado a la mañana, en un festival de literatura, Pedro Noli leía los primeros párrafos de “Amín y la sangre de aquellos ojos”, la crónica que abre las puertas de “Crónicas de Acá” (Recovecos, 2015), primer libro de Tucumán Zeta que narra por dentro uno de los casos policiales que conmovió a Tucumán en los últimos años. Ya conocía el laburo de la revista, pero sólo tocando de oído. En un momento de su lectura, Noli se detiene y cuál vendedor de paraguas ante las primeras gotas en el microcentro, invita a los presentes a comprar el libro si quieren profundizar en ese relato y las demás crónicas que completan el libro. Lo compré. Hoy está agotado.

Entre el calor, la lluvia, la humedad y más calor, transcurre el mes de enero en la provincia de Tucumán. Una casa del barrio Padilla es el destino elegido para la primera reunión de la redacción de Tucumán Zeta, para comenzar a trazar los lineamientos de este 2018 que apenas comienza. Nos invitaron a participar, a compartir con ellos, sentarnos en su mesa, y adentrarnos en su mundo, el mundo de la “crónica de acá”; vamos buscando entender por qué eligen este género tan particular y muchas veces olvidados, y conocer el secreto de cómo se enciende la máquina de crónicas más aceitada del periodismo tucumano, del NOA y por qué no de la Argentina. Me encanta su trabajo, la forma en la que abordan cada relato, la forma en que cada foto es una crónica en sí misma. No les digo nada de esto, por supuesto. No es mi intención pasar por forro u obsecuente.

Llegamos un poco tarde, y el equipo de fotógrafos ya estaba encendiendo el fuego: Diego Aráoz y Nicolás Nuñez se disponían a arrojar las carnes ante la demora de los cronistas Pedro Noli, Exequiel Svetliza yAlfredo Aráoz. La reunión consiste de un asado, tan simple como eso. Los primeros diálogos giran en torno a la histórica disputa entre periodistas y fotógrafos respecto a la importancia de la labor de cada una de las partes para la construcción del relato. “Son nuestros asistentes de ilustración”, bromea Alfredo Aráoz, quien fue cronista invitado y ahora se sumó al equipo estable en el marco de la reestructuración de la página ante el distanciamiento –por motivos estrictamente laborales, aclaran- de Bruno Cirnigliaro.

La mesa está servida y el encuentro transcurre entre reclamos a Nuñez por la calidad del asado y el debate en torno a una reciente triste noticia para todo el periodismo: el cierre de la edición impresa de El Gráfico. Naturalmente, Tucumán Zeta no está exento de los debates periodísticos actuales: la precarización laboral, las métricas, la posverdad, las redes sociales y todas esas discusiones que nos alejan cada vez más de la verdadera esencia del periodismo, esa a la que tanto se aferran estos cronistas tucumanos.

Habla Pedro Noli, Alfredo Aráoz escucha.

Vivir el oficio es compartir con los colegas, flashear las mismas ideas, hacer el periodismo que a uno le gusta…charlarlo, vivirlo, darle más fuerza. Nosotros somos de la palabra”, sentencia Noli, al tiempo que golpea la mesa, otorgando muchísima más fuerza a su afirmación. “El Pollo” Svetliza explica que desde Tucumán Zeta buscan plasmar “el periodismo que no podíamos hacer en ningún medio tradicional. Un tipo de periodismo que no tenía cabida y nadie lo estaba haciendo. Lo que nos gusta es escribir”. Y así, el debate gira en torno a esa “calidad” de la revista que tanto valoran y tanto valoramos. Viajes, proyectos personales, periodísticos, académicos, y claro, nuevas crónicas, nuevas historias para contar ocupan ahora la escena.

“¿Hasta dónde queremos llegar y quién queremos ser este año?”, pregunta Pedro, quien entre cervezas busca llevar el hilo de la reunión. El ala fotográfica, con Diego a la cabeza, recuerda que este año tendrá lugar una nueva Bienal Argentina de Fotografía Documental, y Tucumán Zeta se debe a sí mismo una muestra fotográfica con sus trabajos. La imagen ocupa un lugar determinante en la revista, a la hora de narrar, de contar, de mostrar. “El periodista y el fotógrafo tienen que hablar, discutir y pensar caminos. Eso enriquece el laburo, el oficio”, afirma otra vez Noli, y tanto Nico como Diego asienten.

Mientras “Masche” no para de intentar interrumpir la charla con sus ladridos, reclamando atención, carne y/o cariño, los TZ recuerdan crónicas en las que fue la fotografía la que otorgó una fuerza inusitada a las historias, tales los casos de Gloria Oh!, el Payaso Tapalín (quien ocupa la portada de “Crónicas de Acá) o su última visita a Elegidos. Por algo su página web incluye una sección especial, “Visuales Zeta”, donde sólo hay lugar para fotos. Mientras se discuten algunas crónicas de viajes y nuevas propuestas, “El Pollo” analiza que “la juventud ya no sabe qué hacer para ponerla”. Las reuniones de Tucumán Zeta están muy lejos de ser cuadradas o aburridas. Hacia mis adentros, comienzo a sospechar ese es el motor que enciende esta verdadera máquina de crónicas.

“Hay que venir a comer asado”, subraya Diego, haciendo hincapié en la importancia de cumplir con el sagrado ritual de juntarse y compartir para seguir dándole vida al proyecto al que no hay dudas que le ponen el corazón, más allá del tiempo que sus quehaceres laborales les demanden. La charla vira hacia la búsqueda de fondos (“a ve’ si nos empezamos a pagar a nosotros mismos, culiao”, reclaman por ahí) para impulsar proyectos varios, Alfredo remite a un caso exitoso de búsqueda de publicidades: “La impunidad de los automovilistas es increíble. Van a comer a lo de Mirtha Legrand con la gorra de la marca…son los seres más miserables del mundo”, interpela, mientras propone contratar un piloto de TC para que maneje el área comercial de Tucumán Zeta. Los tucumanos miran de reojo a la revista Anfibia, pujante medio de crónicas bonaerense, y alguien recuerda que “le han puesto el monstruo de las crónicas”, no sin que antes una voz interrumpa y remarque que “el único monstruo es Sebastián”.

Alfredo Araóz.

Acto seguido, el propio Alfredo me pide específicamente que tome nota de lo que está por decir respecto al abordaje de una crónica, buscando aportar un poco de seriedad a su performance de la noche: “La crónica genera hallazgos. Si un tema no logra ´hacerse´ crónica, el tema fracasa en los sentidos estrictos del género. La crónica es maravillosa por eso: conjuga los géneros más profundos que tiene la palabra. El periodismo en lo más estricto del dato y la literatura”, puntualiza. “El cronista viene con un chip particular. Vos lo mandás a cubrir un tedeum y va a ver cosas que no va a ver otro”, agrega el Pollo.
Una nueva interrupción. Esta vez, alguien pregunta si hay algún cine porno abierto en Tucumán. Flota en el aire la duda de si se trata de una idea para una nueva crónica o un repentino interés por el costado erótico del séptimo arte. Entre risas, la llama de la noche se va extinguiendo, y Tucumán Zeta muestra su costado más reflexivo.

“Si hay festejo y alegría esto se mantiene vivo. La satisfacción personal de hacer a gusto, de realmente decidir hacer lo que uno quiere hacer…ir a Elegidos y que Tapalín me llame…ese flash de vivir la vocación es lo que nos mantiene vivo. No hay guita, sponsor…acá hay un gusto por hacer las cosas bien hechas, ser profesionalmente lo mejor que podemos ser”, resume Pedro. “La gente tiene pasión o no tiene pasión”, remata Diego. Así sienten su labor los cronistas tucumanos.

Un asado con Tucumán Zeta.

El asado ha terminado. Es tarde y al día siguiente hay que laburar. Pedro, Alfredo, “El Pollo”, Diego y Nico se suben a dos taxis para seguir su camino: algunos se van a dormir; para otros, la noche todavía depara algunas sorpresas. Los miro partir y miro a los taxistas: siento que llevan consigo historias – ciertas o no- para contar, y que los Tucumán Zeta las quieren escuchar y que pueden ser el disparador de nuevos relatos “de acá”. El secreto es que no hay secreto. La máquina de crónicas está en marcha: cada uno lleva su arma consigo, una cámara, una pluma, y la convicción de saber que hacen lo que les gusta y saben cómo hacerlo.
 
Por Santiago L. Sibaja Ruggeri
Fotos: Luciano Billone