No tengo dios los domingos

Viaje al centro de la nada. La tarde del domingo el microcentro tucumano se deja ver cuándo no hay nadie para verlo. La música la pone Sánchez no te enganches.

Por Santiago Sibaja

La clausura del Mercado del Norte por peligro de derrumbe y las prolongadas obras de remodelación de la plaza Independencia han dejado al corazón neurálgico de San Miguel de Tucumán sin dos de sus grandes bastiones, pero eso no ha disminuido la circulación de tucumanos hacia el microcentro.

De lunes a viernes, una marea desborda las calles y peatonales del centro, para llegar rápido o temprano a escuelas y bancos y bares y oficinas en autos que colapsan nuestras calles, colectivos repletos y taxistas dueños de sus esquinas.

Sucesivos paros de colectivos o las medidas que apuntaban a restringir la circulación de personas no pudieron lo que sólo puede la tarde del domingo: ver las calles del microcentro tucumano completamente desiertas.

Los años pasan
las despedidas llegan
cuando menos lo esperas
esperame corazón
nadie aguanta por acá

La clausura del Mercado del Norte reavivó algunos viejos e inconducentes debates sobre los usos y hasta la existencia misma del centro, mal necesario y destino ineludible de nuestra cotidianeidad.

Los proyectos para descentralizar la administración pública no han prosperado casi en lo absoluto y ni siquiera la pandemia llevó a los bancos a descentralizar sus servicios esenciales. La gente necesita ir al centro.

Cuando vamos, cuando entre trámite y trámite paseamos, añoramos las hermosas casas de antaño, con sus imponentes entradas y detalles de época, con aquella belleza de la que tanto nos han contado.

Nunca pierde vigencia eso de que todo tiempo pasado fue mejor, y un día quizás lo sea también nuestro tiempo, con nuestra pandemia, nuestra pobreza sistemática, nuestra precarización laboral y demás males de época.

Semana a semana, lamentamos cada vez que derrumban una de aquellas casonas del centro, de barrio Norte o barrio Sur, para construir los edificios en los que vivimos. Pero en el centro parece que no vive nadie.


Cuando no hay escuelas, no hay administración pública, no hay bancos... no hay nada. El comercio abre sus puertas tímidamente los sábados (éste fue el Día del Trabajador, espero haya estado todo cerrado), y casi no hay bares los domingos para cobijar almas en pena, trabajadores cansados o meros escapistas que no pueden escapar de sí mismos.

Un vendedor de DVDs, un vendedor de maní y praliné, uno o dos policías y algunas familias que van o vienen de vaya uno a saber dónde ganan esas peatonales cuando cae la tarde del domingo, avanza la noche y se asoma el inicio de una nueva semana. 

Todos van o vienen. Nadie está. Nadie es.

No está los domingos en el centro el vendedor ambulante, no está el artista callejero, no está el lustrador de zapatos, no están los personajes y no están el que pide ni el que da.

En algunas oficinas se vislumbra alguna luz prendida: un olvido o un olvidado. Con las persianas bajas y algunos pocos pasajeros en los colectivos, sólo queda en el microcentro el recuerdo de unas pocas manzanas pujantes condenadas a desbordar de lunes a viernes en un loop eterno.

Cemento y hormigón y adoquines vacíos, que no son de nadie.

Mañana el corazón de San Miguel de Tucumán volverá a ser el centro de la ciudad de las filas eternas, de los bocinazos y las puteadas, de los bares, de los cortes y las marchas, el lugar adónde van todos y no dejan de ir nunca hasta que llega el domingo.

Queda al desnudo el microcentro tucumano la tarde del domingo y se deja ver cuándo casi no hay nadie para verlo, cuándo a nadie le sirve ni interesa.

No tengo dios los domingos
yo tengo un lindo plan
escaparnos ahora mismo
antes del final