¿Cómo producimos teatro en Tucumán?

La lucha feminista abrió muchísimas puertas: habilitó la palabra sobre muchos temas tabús e impulsó a mujeres y disidencias a organizarse con más fuerza. Esto repercute en el mundo del arte, y nos obliga a pensar cómo interviene el feminismo en la producción teatral en nuestra provincia

Por Tatiana Luján Valdez
Foto de tapa: Pedro y las Pelonas (o exvotos al teatro), Luciano Billone

El feminismo se ha colado en todos los aspectos de nuestras vidas. Por lo menos en la vida de las personas que nos pensamos día a día, que cuestionamos la violencia con la que nos oprime este sistema capitalista y patriarcal desde momentos históricos impensados, y que luchamos para que este mundo que conocemos hasta hoy cambie. Es innegable al día de hoy que es el feminismo el que nos ayudó a visibilizar y desnaturalizar prácticas machistas que permitimos y reproducimos por mucho tiempo en lo cotidiano de nuestras vidas. La deconstrucción, individual y colectiva, viene haciendo efecto de a poquito; y el arte, como manifestación humana y cultural, da cuenta de ello. A lo largo del año pasado se ha visto a artistas músicas impulsar el proyecto de ley por cupo femenino en los escenarios y festivales de todo el país; a fotógrafas y artistas visuales cuestionar e intervenir los salones y galerías que no ponen a la mujer en lugares de protagonismo si no es bajo la cosificación y objetualización de sus cuerpos; incluso vimos a actrices organizarse por primera vez para visibilizar la lucha por el aborto legal.

Foto: Gastón Guirao

La intervención de “Actrices Argentinas” en la escena política nacional fue fundamental, pues han jugado un papel importantísimo en la visibilización de la lucha por el aborto legal; pero también han servido de espacio de organización dentro de un ambiente que hasta ahora no se había animado a denunciar públicamente la desigualdad y violencia de género que existe dentro de las artes escénicas, de manera colectiva y organizada. En ese sentido la denuncia por violación que hizo Thelma Fardín a Juan Darthés, acompañada y contenida por el Colectivo de Actrices, tuvo un valor simbólico muy grande socialmente, que prendió una mecha que todas estábamos esperando: la hora de hablar, denunciar, poner públicamente en palabras la violencia, ha llegado.

Así mujeres y disidencias de las artes escénicas, y de todos los puntos de nuestro país, nos hemos empezado a organizar también, de distintas formas y en distintas medidas, pues si hay algo que caracteriza al feminismo es la heterogeneidad de posturas que tiene a la hora de encarar la lucha. Ejemplo de esto son la Comisión de Actrices Tucumanas, en nuestra provincia, y las distintas asambleas que se conformaron también en otros puntos del país, o el encuentro de directoras provincianas “Una Escena Propia”, que se realizó en Córdoba con representantes de todas las provincias y que promete seguir realizándose año a año. Los espacios de pensarnos, cuestionarnos, organizarnos, proyectarnos cada vez son más. Pues bien, ¿cómo producir teatro entonces, entendiendo que las violencias y la desigualdad de género también nos atraviesan en éste, nuestro espacio de trabajo?

Hemos empezado a organizarnos por fuera de la escena. Ahora, dentro de la escena, ¿seguimos reproduciendo -todes- las violencias con las que hemos aprendido a hacer teatro hasta hoy, con sus formas verticalistas, individualistas, competitivas y machistas?

El año pasado la teatrista tucumana Marina Rosenzvaig reflexionaba sobre nuestras prácticas escénicas que “el teatro funciona muchas veces como aparato de propaganda reproductiva del poder y del orden violento establecido, más de lo que creemos e incluso de múltiples maneras ingenuas, ¿cómo es posible que se sigan repitiendo esos modelos de mujer - en referencia a algunas obras-, de relaciones románticas y patriarcales que hace rato que no nos representan por lo opresivas, y que se banalicen de esta forma los femicidios? Además, ¿hasta cuándo seguiremos trabajando desde los roles siempre jerárquicos de autor, director, actor, espectador en ese orden y sosteniendo así las desigualdades en la producción de sentido? Se debe asumir una mirada profundamente crítica y problematizar en serio las proposiciones teatrales, porque no hay una propuesta estética sin un fundamento ético...”. 

A lo que se podría agregar: ¿cómo es posible que se sigan repitiendo los clichés, no sólo de mujeres sino también de las maricas, tortas, travas y trans? ¿Cómo es posible que se repitan las formas trilladas en las que la sociedad nxs re-presenta (en su imaginario cargado de mirada machista), y que por defecto terminan siendo violentas en la forma en que el teatro nos da a conocer ante el mundo? Y pensemos no sólo en el contenido, sino también en las formas: ¿Bajo qué mirada y con qué procedimientos lxs hacedores teatrales tomamos la agenda política actual para hacer hablar al teatro por las mujeres e identidades disidentes? ¿Nos estamos cuestionando cuáles son las formas de producción con las que estamos construyendo teatro en nuestra provincia?

Foto: Mery Palacios

En el cierre de la 8va Bienal de Fotografía Documental que se realizó en nuestra provincia el año pasado, fotógrafas en asamblea intervinieron con un texto en el que denunciaban que en todo el festival había “Sólo 4 revisoras, 1 expositora, 3 oradores y 4 talleristas. (...) Esto contrasta con la amplia participación femenina en las convocatorias abiertas y en todas las actividades.”. Pues bien ¿y si mujeres y disidencias del teatro tucumano nos ponemos a hacer números también? Fiesta provincial del teatro. Una edición cada año. Dos obras ganadoras. En sólo un recorte desde el 2013 al 2018, de doce obras ganadoras, y trece directorxs en total, sólo se registran 3 mujeres, de las cuales una co-dirigía una obra con otro varón. Y eso sólo por mencionar uno de los espacios de legitimación que tiene el circuito teatral en nuestra provincia. Pero sigamos: ¿cuántas de nosotras, que hoy estamos produciendo, nos hemos formado en espacios de mujeres o disidencias con perspectivas de género? ¿A cuánto material teórico escrito por mujeres o disidencias hemos podido acceder en espacios de formación como la Universidad, o incluso fuera de ésta? Y ésto sólo si hablamos de números… ¿Qué pasa si nos ponemos a hilar más fino todavía? Nos empezamos a dar cuenta que todas nosotras, en uno o varios momentos, hemos estado expuestas a situaciones de violencias y abuso de poder, en mayor o menor medida, con compañeros de trabajo o estudio, con maestros, directores, técnicos, productores, gestores. Varones que habitan la escena teatral y que no dudan en ejercer el poder que este sistema les otorga.

En este contexto, si decidimos hacer teatro de una manera responsable éticamente, me arriesgo a decir que no alcanza con ser “políticamente correctxs”. No alcanza con reproducir textos y tener la voluntad de hablar sobre “los temas que afectan a las mujeres”. No alcanza para nada si lo que hacemos no rompe el statu quo teatral de la provincia. No alcanza con ser “democráticos” solamente en el discurso, si en nuestra manera de hacer teatro seguimos reproduciendo las lógicas verticalista de opresión en los distintos roles; si el ejercicio de la crítica y la toma de decisiones en el material artístico no es colectivo y horizontal; si el espectador sale moralmente tranquilizado de la función porque lo que vió en realidad no lo moviliza ni lo cuestiona, sino que al contrario lo sigue dejando en un lugar cómodo de no pensar el arte y la realidad en la que vive.

Foto: Gastón Guirao

La pregunta sigue resonando: ¿Cómo producimos teatro hoy en Tucumán, cuando el cambio de paradigma cultural viene arrasando con todas nuestras estructuras? Ignorar eso en nuestra profesión sería un gran error… Pero “¿Acaso todo el teatro que hagamos ahora tiene que hablar de feminismo?” Me preguntaba hace tiempo un colega mientras discutíamos sobre esto. 

Y no, no se trata de eso.

Se trata de que nuestra opinión teatral se emita consecuentemente con el contexto en el que producimos.

Se trata de cuestionar todas las formas violentas de relacionarnos y de hacer en nuestro trabajo. 

Se trata de hacer a mujeres y disidencias el lugar que por derecho nos corresponde.

Se trata de romper viejas estructuras y crear nuevas formas de aprendizaje y de creación.

Se trata de habilitar la palabra, y dejar de permitir -calladas- las miradas autoritarias y machistas que ejercen los directores varones.

Se trata no permitir más que nos digan qué, cómo y cuándo podemos nosotras producir teatro.

Se trata de no dar más lugar a las opiniones misóginas que pretenden normalizar nuestras cuerpas, nuestra palabra, nuestra mirada, nuestras subjetividades.

Se trata de abrazarnos y exigir los espacios de legitimación que nos merecemos. Pero también de crear otros nuevos, con otras lógicas, sin violencia ni competitividad.

Se trata de transformarlo todo. Y esa transformación no tiene una forma correcta o un camino único.

Quizás no sepamos en este momento tampoco cuál sea la manera. Pero sí sabemos que cuestionar y reformular todo es el primer paso. Y que esa transformación es inminente. Por lo menos mientras seamos conscientes de todo lo que sucede a nuestro alrededor, y mientras afuera -y adentro- las injusticias sean innumerables para las mujeres e identidades disidentes.